D38: Amigos

Sabed que la distancia no es un problema cuando dos personas se separan. Cada vez que he vivido en un sitio, la gente que te quiere y con la que has pasado tantos buenos momentos sabe hacerse visible para formar parte de tu vida. Y es un privilegio formar parte de su vida. 

Os contaré que estas navidades, he tenido la sorpresa de encontrarme en mi correo dos videos grabados por mis amigas, por su cariño (y por el influjo de unas cervecillas, que, bueno vamos a reconocerlo también ayuda a ponerse delante de la cámara o de la blackberry y decir algo bonito) Y qué voy a decir, me hicieron llorar.

También ha sido muy grato volver a encontrarme con A., una amiga que conocí en un curso de verano en Jaca y que diez años después me la he encontrado en Hong Kong. Ahora ya relocalizada en España espero que nos podamos ver más frequentemente.

Espero que muchos de vosotros tengáis la suerte que yo tengo.  Dedicado a todos vosotros All my loving

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D37: De comiditas y otros menesteres

Mi gente me ha ido repitiendo en estos días que por qué no dejo de hablar de comida y como diría mi iaia, hija ¿qué tienes gana?  He tenido que lidiar estoica con las sugerentes apetencias que me lanzaba mi iaia por la península: Tranquila que les diré a los papás que cuando vayan a verte, te lleven el salmón ahumando que tanto te gusta. O ¿prefieres un poquico de jamón?.La verdad es que las abuelas y he de decir que también las madres son incansables cuando se trata de meterte packs de producto patrio en la maleta. Tienen estrategias de persuasión tan potentes como “pero si está tan rico” y abren el paquetito de lomo embuchado para que lo huelas y te hagan los ojos chiribitas o el repetido “anda, anda, esto te lo acabas en una semana”, tú accedes y luego ves el medio kilo de salchichón en la nevera como si en el sitio al que estás  no hubiera ningún supermercado a veinte kilómetros a la redonda. He de decir, que para su tranquilidad tanto mi iaia como mi madre se portan en los dos sentidos: cuando quieren cebarme y les dejo y cuando les paro los pies y me dejan (tranquila).

Pero ahora no voy a hablar de lo que ya conocéis, sino de las nuevas adquisiciones que he descubierto para mi imaginario hongkonés. Existe el arroz lila. De hecho, N. me preparó una especie de arroz con leche con este arroz lila. La diferencia es que en vez de nuestra leche estaba hecho con leche de coco y Sago (nuestra tapioca de antaño). También he testado lo que llaman Jackfruit (llamado jacas o frutos del arbol del pan…alguien ha oído alguna vez tal fruta? Yo soy muy frutera y no me suena de nada, nada) y la guava (de hecho vuelvo a tener ahora dos en mi mesa, para desayunar tranquilamente). Son como peras pequeñas, de color mostaza con tintes rosados. Es curioso, las pintas parecen como cuando uno se ruboriza y la piel se va tintando poco a poco de color. Por dentro, tiene la carne blanquecina, y en el medio tiene pepitas, que no se comen, a pesar de mis intentos. Tiene un sabor suave, que al final te sorprende como si fuera un cítrico, pero sin lugar a dudas lo que más me gusta de esta fruta es su olor fragante, suave y dulce.

Creo que de todas las cosas que he aprendido aquí, me quedo con la comida. Nada que ver con los chinos fritangeros de España. Es más, los chinos son una desviación poco honrosa de la comida china. Os seguiré contando en los siguientes posts porque es de verdad un tema que me apasiona, en especial los dim sum, como los de la foto, pero eso será en las siguiente entregas…

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D36: Creo que necesito un Almax…

Feliz año a todos!!Qué tal han ido este año los entrantes, las gambas, los centollos, los mejillones, las chirlas, las navajas, el consome, la ensaladita, el cardo, el cordero, el cochinillo, la merluza, el salmón ahumado, la trucha, el verdel, la angula, el sorbete, la macedonia de frutas, la piña, las fresas, y por supuesto las uvas, el turrón, la los polvorones, el cava, la sidra y el copazo  o los copazos de esta navidad?

Yo no sé si vosotros, pero yo creo que necesito un Almax después de toda esa traca valenciana.

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D35: Feliz Navidad

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D34: El cielo en las manos

Good morning everyone,

Siento el retraso de noticias en las dos o tres últimas semanas. Las tesis son duras, a veces más de lo que te gustaría. Eso fue precisamente lo que me preguntaron hace dos semanas en mi presentación para el Departamento de la City University of Hong Kong: ¿cómo es el proceso de escribir una tesis? La respuesta fue clara, y escueta: All you need is endurance (Todo lo que necesitas es aguante). Estás mucho más tiempo del que te gustaría delante de la pantalla de un ordenador, elaborando complejas asimetrías envuelta en la quimera de tus propios pensamientos. Ves que los proyectos van saliendo con cuenta gotas, a pesar de toda la dedicación y esfuerzo que les dedicas. Sudor que nunca, ni por asomo, compensa cuando vas al banco y observas los ceros a la derecha de la nómina. La cultura es pobre, pero sabed que la lectura nos hace libres. Algo parecido me ha venido a la mente ahora mismo. Esta mañana he leído en una noticia del País que hablaba sobre la concesión del premio de ensayo  Isabel Polanco a Carlos Granés y recordaba que, como dijo Calvo Serraller, “No hay cambios políticos sin cambios culturales”.

Pero ahora no quiero hablar de trabajo, quiero liberarme de toda esa parte de mí académica y contaros lo que pasó después de esa presentación. Básicamente me fui al Ritz en vaqueros. Tenía el cumpleaños de A. y entre su hermana A. yo y una amiga de ambas le habíamos preparado una sorpresa situada en el piso 118. Yo esperaba ponerme un vestido, ante la evidente etiqueta del sitio, pero con la demanda insistente de la cumpleañera de irnos en coche directamente después de mi presentación, tuve que ceder para no estropear la sorpresa.

Y llegamos, separadas ya del mundo real gracias a una gran puerta de pomos dorados y pesados. Subimos a una recepción donde se podía ver la bahía, un rolls royce negro, y unas maletas de alguien lo suficientemente rico como para pagar una noche. Una empleada nos condujo inmediatamente hasta los ascensores y nos preguntó si era la primera vez que visitábamos el Ritz. Yo me callé, sin mostrar respuesta alguna, porque observé la estrategia de su gesto condescendiente y tal vez, reflejada en su gesto también observé nuestra inocencia o la ignorancia de lo que el verdadero lujo representa. Subimos hasta el sexto piso, y fuimos al segundo lounge del Ritz, donde por cierto no era el contraste del oro, el cristal y el negro lo que me cautivó sino un hombre que nos pasó al lado que como mínimo era modelo. Cogimos otro ascensor, y de ahí subimos al cielo.

Digo el cielo porque directamente lo tocábamos. El bar Ozone es el bar más alto del mundo y nosotras estábamos en él, pagando 20 euros por copa de margarita y anacardos. Las vistas espectaculares. El público variopinto: parejas para auto-impresionarse mutuamente (El amor a veces sí cuesta), grupos de mujeres pasados los 50 y yupis de corbata recién salidos del trabajo. Y nosotras, inexpertas en la fragancia de la ostentación. He de decir que algunas nos fuimos al baño exclusivamente sólo para usar la crema hidratante y las toallas individuales pero sobre todo ver las vistas (era todo de cristal y marmol, vértigo incluido). Aparte de eso, yo en mi propio mérito, he de añadir que también me perdí y me fuí directa a la escalera de incendios antes de encontrar la puerta corredera del baño.

Después del primer cocktail lento, muy lento, bajamos a la vida moderna, con las alas rotas, y cenamos en un estupendo sitio tailandés. De camino, buscábamos un sitio donde tomar el postre (al final el sitio elegido fue en una escultura plana con huecos para apoyar las posaderas, literalmente), pero el destino, o las apetencias de A. nos hicieron entrar en H&M.  Totálmente en contra de mis planes de ahorro, me compré un vestido de los de”Esta semana ceno fruta”. Pero mis propósitos, tanto el económico como el gastrónimo, se fueron al garete cuando ví que los postres, los había comprado la amiga de A. y A. en la pastelería del Ritz, y juro que no he probado algo hecho con chocolate tan impresionante como aquello. Por supuesto, la semana antes de que me ponga el vestido, cenaré fruta.

Feliz Navidad.

 

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