Good morning everyone,
Siento el retraso de noticias en las dos o tres últimas semanas. Las tesis son duras, a veces más de lo que te gustaría. Eso fue precisamente lo que me preguntaron hace dos semanas en mi presentación para el Departamento de la City University of Hong Kong: ¿cómo es el proceso de escribir una tesis? La respuesta fue clara, y escueta: All you need is endurance (Todo lo que necesitas es aguante). Estás mucho más tiempo del que te gustaría delante de la pantalla de un ordenador, elaborando complejas asimetrías envuelta en la quimera de tus propios pensamientos. Ves que los proyectos van saliendo con cuenta gotas, a pesar de toda la dedicación y esfuerzo que les dedicas. Sudor que nunca, ni por asomo, compensa cuando vas al banco y observas los ceros a la derecha de la nómina. La cultura es pobre, pero sabed que la lectura nos hace libres. Algo parecido me ha venido a la mente ahora mismo. Esta mañana he leído en una noticia del País que hablaba sobre la concesión del premio de ensayo Isabel Polanco a Carlos Granés y recordaba que, como dijo Calvo Serraller, “No hay cambios políticos sin cambios culturales”.
Pero ahora no quiero hablar de trabajo, quiero liberarme de toda esa parte de mí académica y contaros lo que pasó después de esa presentación. Básicamente me fui al Ritz en vaqueros. Tenía el cumpleaños de A. y entre su hermana A. yo y una amiga de ambas le habíamos preparado una sorpresa situada en el piso 118. Yo esperaba ponerme un vestido, ante la evidente etiqueta del sitio, pero con la demanda insistente de la cumpleañera de irnos en coche directamente después de mi presentación, tuve que ceder para no estropear la sorpresa.
Y llegamos, separadas ya del mundo real gracias a una gran puerta de pomos dorados y pesados. Subimos a una recepción donde se podía ver la bahía, un rolls royce negro, y unas maletas de alguien lo suficientemente rico como para pagar una noche. Una empleada nos condujo inmediatamente hasta los ascensores y nos preguntó si era la primera vez que visitábamos el Ritz. Yo me callé, sin mostrar respuesta alguna, porque observé la estrategia de su gesto condescendiente y tal vez, reflejada en su gesto también observé nuestra inocencia o la ignorancia de lo que el verdadero lujo representa. Subimos hasta el sexto piso, y fuimos al segundo lounge del Ritz, donde por cierto no era el contraste del oro, el cristal y el negro lo que me cautivó sino un hombre que nos pasó al lado que como mínimo era modelo. Cogimos otro ascensor, y de ahí subimos al cielo.
Digo el cielo porque directamente lo tocábamos. El bar Ozone es el bar más alto del mundo y nosotras estábamos en él, pagando 20 euros por copa de margarita y anacardos. Las vistas espectaculares. El público variopinto: parejas para auto-impresionarse mutuamente (El amor a veces sí cuesta), grupos de mujeres pasados los 50 y yupis de corbata recién salidos del trabajo. Y nosotras, inexpertas en la fragancia de la ostentación. He de decir que algunas nos fuimos al baño exclusivamente sólo para usar la crema hidratante y las toallas individuales pero sobre todo ver las vistas (era todo de cristal y marmol, vértigo incluido). Aparte de eso, yo en mi propio mérito, he de añadir que también me perdí y me fuí directa a la escalera de incendios antes de encontrar la puerta corredera del baño.
Después del primer cocktail lento, muy lento, bajamos a la vida moderna, con las alas rotas, y cenamos en un estupendo sitio tailandés. De camino, buscábamos un sitio donde tomar el postre (al final el sitio elegido fue en una escultura plana con huecos para apoyar las posaderas, literalmente), pero el destino, o las apetencias de A. nos hicieron entrar en H&M. Totálmente en contra de mis planes de ahorro, me compré un vestido de los de”Esta semana ceno fruta”. Pero mis propósitos, tanto el económico como el gastrónimo, se fueron al garete cuando ví que los postres, los había comprado la amiga de A. y A. en la pastelería del Ritz, y juro que no he probado algo hecho con chocolate tan impresionante como aquello. Por supuesto, la semana antes de que me ponga el vestido, cenaré fruta.
Feliz Navidad.